• 20/06/2026 04:33

El asiento vacío

Jun 19, 2026

Iván Vera-Pinto Soto

Cientista social, pedagogo y dramaturgo

Mi abuela Ignacia decía que el viento de Iquique guardaba secretos. Algunas noches se quedaba inmóvil, escuchando las ráfagas golpear las calaminas, como si alguien le hablara desde muy lejos.

Fue en uno de esos septiembres cuando apareció el circo. Nadie supo cuándo llegó: una mañana, la carpa ya estaba junto al puerto.

En pocos días, la ciudad empezó a girar en torno a ella.

Mientras observaba a los hombres tensar las cuerdas, volvieron a mí las historias que los viejos contaban al caer la tarde: la de una carpa azul que, muchos años atrás, había maravillado a Iquique.

Era un adolescente, sin un peso en los bolsillos para comprar entrada alguna. Esperé a que el boletero se distrajera y me colé bajo la lona. Dentro, el aire olía a aserrín y maní tostado. La música y las risas dejaban el puerto afuera, como si no existiera otra forma de mundo.

Hasta que salió el payaso. No parecía distinto a los demás: zapatos grandes, una chaqueta gastada y una flor azul en la solapa. La carpa estalló en risas apenas apareció. Tropezaba, caía y volvía a levantarse, como si estuviera ensayando una derrota antigua.

Sin embargo, había algo en él que no encajaba. Entre una caída y otra, su mirada volvía siempre al mismo punto de la primera fila. Tardé un momento en descubrir qué observaba: un asiento vacío.

Entonces ocurrió. Al pasar frente a él, se detuvo. Apenas un segundo. Lo suficiente para que las risas parecieran quedar lejos. La función siguió, pero yo ya no pude mirar otra cosa. Al final saludó al público con una leve inclinación de cabeza y desapareció detrás de la cortina.

Durante el intermedio lo encontré detrás de unos cajones de utilería. Intentaba encender un cigarro, resguardándose del aire.

—¿Le gusta trabajar en el circo? —pregunté.

Esbozó una sonrisa breve.

—A veces.

—¿Y por qué sigue viajando?

El hombre tardó en responder.

—Los circos siguen viaje.

Miró hacia la pista vacía y acarició distraídamente la flor.

—Uno también sigue viaje.

Hizo una pausa.

—Aunque haya algo esperándolo en el mismo lugar.

Las últimas palabras del payaso no me abandonaron en todo el camino a casa. Cuando se las conté a Ignacia, dejó de cortar las verduras y apoyó el cuchillo sobre la mesa. Se quedó callada un momento. Después empezó a contar.

—En diciembre de 1907 llegó un circo.

Su voz parecía venir de otro lugar.

—La carpa era azul. Cerca de una escuela… La gente entraba como si necesitara olvidarse de algo.

Pausa.

— Había una niña. Siempre el mismo asiento. Primera fila.

La anciana hizo una pausa larga, como si estuviera recordando su propio nombre en otro tiempo. Respiró hondo.

— Y afuera bajaban hombres y mujeres desde las salitreras, con polvo en la ropa y la mirada baja, como si vinieran de un lugar donde hablar ya no servía. Entraban a la carpa buscando un poco de música, un poco de risa, cualquier cosa que los ayudara a olvidar. Después vino aquello.

Cerró los ojos y habló con un tono de dolor.

— Durante días el puerto se llenó de rumores y de miedo. Hubo hombres que no regresaron a sus casas. Hubo mujeres que esperaron en vano. Y hubo niños que siguieron mirando la puerta. Cuando el circo volvió a encender sus luces, los asientos permanecieron vacíos. Nunca volvieron a llenarse.

Silencio.

—El asiento de la niña también.

—Abuela… ¿cómo era el payaso?

Me miró despacio.

—Llevaba una flor azul en la solapa.

No pude creerlo. Esa noche no dormí. La ventolera golpeaba la casa. Pensé en la carpa, en los artistas desarmando el circo, en los carros que se alejaban por la costa.

Al amanecer fui al terreno donde había estado el circo. No quedaba nada. Solo tierra removida y restos dispersos que el viento movía como si aún buscara ordenarlos.

Cuando estaba por irme, algo amarillento brilló entre la basura. Un boleto. Lo recogí con cuidado. La tinta casi había desaparecido, pero aún se leía: CIRCO OCÉANO. Más abajo, un número escrito a mano. Al reverso, un bufón descolorido. Y la flor azul. El papel tembló entre mis dedos. Entonces lo escuché. Un tambor. Lejano. Lento. Como si viniera desde debajo de la tierra.

Alcé la vista. Al otro lado del terreno había una figura inmóvil. No supe si estaba allí o si era el polvo levantado por el viento. Parpadeé. Cuando volví a mirar, ya no había nadie. El tambor siguió un instante más, debilitándose hasta confundirse con el viento. Guardé la entrada en el bolsillo y regresé sin volver la vista atrás.

Esa tarde se lo mostré a Ignacia, que reposaba en la mecedora. Tomó el papel con una delicadeza extraña, como si no fuera la primera vez que lo tocaba. Miró el número en silencio.

—Es el asiento —dijo, y su voz, por un instante, pareció venir de muy lejos.

—¿Qué asiento?

Ignacia no respondió. Sus dedos quedaron suspendidos sobre el papel, temblando apenas, como si el número le devolviera una memoria que no era solo suya.

—El de la niña.

Se puso de pie con lentitud. Sin dejar el boleto, salió de la cocina. Las calaminas crujieron bajo el viento, y la casa entera pareció inclinarse a escuchar.

Afuera no había nada. O tal vez sí. Algo que el viento no terminaba de borrar.

Han pasado muchos años. Algunas noches, cuando la bruma cubre el puerto, la carpa azul vuelve a levantarse donde no hay terreno. La música comienza sin que nadie la toque. Y el tambor… ese tambor lento, lejano, como si viniera desde debajo de la tierra.

Entonces aparece aquel hombre de la flor azul. Y la función empieza otra vez. Siempre frente al mismo asiento vacío